Una vida independiente es una vida elegida

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Artículo de Berta González, directora Técnica de Plena inclusión España, adelanto del VOCES 458, correspondiente al mes de marzo.

Muchas son las lecciones aprendidas en esta pandemia. El dolor y el duelo por las pérdidas conviven con la oportunidad para nuevas y mejores formas de protección y cuidado entre las personas. Aunque la Covid-19 sigue presente en nuestras vidas, disponemos de la posibilidad de aprender y transformar las brechas que ha puesto de relieve. Daniel Inerarity señala que “esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo. (…) Entramos en un espacio desconocido, común y frágil para el cual tenemos que diseñar nuevas formas de protección". Así que hagamos explícitas esas lecciones que conocíamos, pero que ahora se hacen casi innegables; lecciones con las que cada día más personas empatizan.  

La primera lección, la más esperanzadora, es la relevancia de la interdependencia entre las personas. Quedarse en casa ha disparado la necesidad de sentirnos conectados, demostrando lo necesarias que son unas personas para otras. Las limitaciones de movilidad, los confinamientos, revalorizan las relaciones, y desde la añoranza de lo social, se entiende mejor que en la vida de las personas es importante una buena y nutrida red de relaciones.

También, nos hace ser conscientes del poder de las relaciones de apoyo mutuo:  familia, amigos, vecinos… Un año de Covid-19 evidencia cómo florecen iniciativas personales y vecinales de conexión y solidaridad entre personas. Se nota una mayor sensibilidad ante lo que sucede al otro, a la otra, así como la necesidad personal de contribuir a la vida de otras personas, que da sentido a la vida y aflora potencialidad y fortaleza.

Por otro lado, hemos sentido más cerca que nunca, la fragilidad y la vulnerabilidad. Etiquetas hasta ahora reservadas para unos pocos que viven con ese estigma toda su vida (o en la última etapa de ella). Frente a la habitual autosuficiencia, la vulnerabilidad se extiende a muchos ciudadanos; se perciben limitaciones que forman parte de la condición humana. Una vulnerabilidad circunstancial, personas que sienten como pierden control y libertad de elección de sus vidas, y ceden libertad para obtener algo de seguridad y protección.

Este (des)equilibro entre seguridad y libertad es con el que muchas personas conviven durante toda su vida. Libertades, elecciones, decisiones, a las que se renuncia o que nunca se han llegado a reconocer como propias, se ceden para dar más espacio y peso a la seguridad de una “vida sin riesgos”. Una vida preparada para “ellos”, diferente de la de los “demás”; una vida “especial” que, probablemente, ninguno elegiríamos.

En 2015, los autogestores (personas con discapacidad que defienden sus derechos) expresaban cómo a veces sentían que su vida no es suya. “Mi vida sin mí” es la frase que representa esa falta de poder y control sobre las cuestiones más íntimas, personales y trascendentes de tu propia vida. Este derecho a ser tú misma, la que diriges el timón de lo que te sucede, es algo irrenunciable para una buena vida. Porque sabemos que la calidad de vida de cualquier persona está menos determinada por lo que tienes que por lo que decides hacer con ella.

En 1988 David Towell, hermano de una persona con discapacidad e impulsor del derecho a una vida independiente, reivindicaba esta idea de “una vida como la de los demás”. Porque la vida de las personas que necesitan más apoyos (personas con discapacidades, mayores, con problemas de salud mental, personas sin hogar, etc.) no debe ser diferente a la de los demás. Así de sencillo. Estas personas no requieren de un mundo “para ellas”, sino las oportunidades y apoyos suficientes para poder contribuir a un mundo del que también forman parte.

Durante los próximos meses, tras la vacunación y reducción de los contagios, recuperaremos: vidas, relaciones, hábitos; en resumen, libertad. Pero, ¿qué pasará a las personas que conviven toda su vida en ese desequilibrio entre libertad y seguridad?  ¿Cuál será la respuesta social? De nuevo miedo, protección, desconfianza. ¿O ha llegado la oportunidad para otra forma de promover una buena vida?; un tiempo de derechos, de ciudadanía y libertad, de superar el “ellos” y “nosotros”. Todas las personas tienen derecho a una vida digna, sin restricciones.   

Las lecciones de la pandemia son una oportunidad para llenar de contenido la idea de que todas las personas tienen derecho a una vida propia, una vida independiente. Se escuchan las expresiones tales como “personas dependientes” o “personas vulnerables”, dichas como conceptos que etiquetan y estigmatizan, que reclaman respuestas específicas de cuidado y protección. La dependencia o la vulnerabilidad, como la pandemia ha demostrado, afecta a todos. Tienen más que ver con una situación, que con una característica intrínseca de la persona. Lo que hace que las personas sean dependientes y vulnerables es la falta de apoyos y de oportunidades para lograr, para construir, una vida digna.

Lo correcto, lo equitativo, es hablar de personas que necesitan apoyos, más apoyos que otros, más intensos y frecuentes. Apoyos orientados a una vida elegida, con conexiones, en la que las personas puedan contribuir a la vida de los demás. Una vida independiente, para todas las personas, solidaria, justa, que no deja a nadie atrás.

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