Revista digital del movimiento asociativo Plena inclusión

Especial sobre Trastorno del Espectro del Autismo o TEA

Número 468. Febrero de 2022

Legados de nuestra memoria

Enrique Galván
Enrique Galván

Gonzalo era hermano de Blanca. Blanca era la hermana con discapacidad intelectual de Gonzalo. Gonzalo se casó con María y no tuvieron hijos. Gonzalo y María vivieron con Blanca hasta que María cayó enferma y murió. Gonzalo y Blanca volvieron a quedarse solos. Blanca empezó a tener más problemas de salud y su nivel de dependencia cada vez era mayor. Gonzalo adoraba a María y la echaba de menos. Gonzalo era alma gemela de Blanca.

Hombre ordenado, muy cuidadoso y trabajador. Vivía con algunos medios, pero siempre con la prudencia y ahorro de las personas que centran su atención en cosas más importantes. El barrio les quería porque eran gente buena.

De Blanca decía que era nata montada. Todo le parecía bien. Su sonrisa abrazaba la presencia de los demás, especialmente cuando le ayudaban en el aseo, a comer, acostarse. Tenía un lenguaje muy limitado, de media docena de palabras, que combinaba en frases muy cortas. Pero con su mirada lo decía todo. Los esfuerzos de María y Gonzalo se sentían recompensados por su agradecimiento, desde una vulnerabilidad, que desarmaba a cualquiera con buen corazón.

La agonía de Blanca fue muy dura para Gonzalo que sufría con cada mueca de dolor, con cada quejido, con cada estertor como si fuera propio. Blanca, agotada de tanto sufrir limitaciones y enfermedades, se dejó ir. Desde entonces Gonzalo decidió vivir la mayor parte del tiempo en el pasado. Buscaba recuerdos gratos en las cosas que decoraban las paredes de su casa.

Las fotos de aquella terraza de verano disfrutando juntos de un helado, la primera comunión de Blanca, o aquel retrato que hicieron en un fotógrafo de la Gran Vía, presidían el cuarto de estar.

La casa estaba llena de ellas dos, como si todavía vivieran. Los muñecos de cuando niña permanecían alineados en la librería de su cuarto. El radio casete amarillo parecía aguardar que pusieran la cinta con las canciones de Parchís o de Manolo Escobar. En la mesilla quedaban sus gafas de gruesos cristales y aquel reloj infantil de la primera comunión que hasta el final le gustaba llevar puesto, aunque se le clavaba en una muñeca que ya no era de niña.

En su alcoba convivía con la ropa de María. La máquina de coser Singer, que compraron a plazos, y en la que pasaba las horas arreglando y componiendo. Todo con una sonrisa quieta, y de vez en cuando, aquel suspiro que denotaba cierta melancolía de no haber podido tener otra vida. María siempre decía que Blanca había llenado los vacíos que ellos habían sentido.

Y Gonzalo despertaba de aquellas largas conversaciones que llevaba años entablando con María y con Blanca, tirando de su alma y sus recuerdos para no rendirse ante la vida. De repente, despertaba a un mundo loco que no le interesaba en absoluto y del que nunca formaría parte. Gonzalo no manifestaba ni odio ni resentimiento por los golpes de la vida que les había tocado. Se sentía sereno, había cumplido.

Había amado a sus chicas con todo lo que era, desde lo profundo y sin medida. En algunas fotografías había puesto mensajes escritos de su puño y letra llenos de devoción, como oraciones a las santas de su vida.

 

Cuando tuvo que hacer testamento no lo dudó. Dejó la casa para las asociaciones de apoyo a personas con discapacidad intelectual, pensó que a Blanca le hubiera gustado. Algún familiar no lo entendió. A otros, incluso les pareció que había perdido el norte.

En el hospital antes de morir, dedicó un último beso dividido en partes iguales. Un beso largo que terminaría de dar en un rato, cuando se volvieran a juntar allá en el cielo.

Yo fui a aquella casa. Atravesé como testigo incómodo la intimidad encerrada en una vida cotidiana que rezumaba amor. Amor en todo y sobre todo amor. Y pensé en tantas familias de personas con discapacidad intelectual que atesoran historias admirables que nunca nadie contará.

Enrique Galván

Director de Plena inclusión España
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