De «Una habitación propia» a «Mi Casa. Una vida en comunidad»

ilustración mujer leyendo

El pasado mes de septiembre
publiqué un artículo
sobre cómo una frase feminista
puede relacionarse con las personas
con discapacidad intelectual.

Enlace al artículo:
La libertad de aprende ejerciéndola.
También si tienes discapacidad intelectual.

Llevo varios días
pensando en relacionar
otro tema feminista
con la discapacidad intelectual.

Ese tema es el libro de Virginia Wolf
que se titula «Una habitación propia».

Virginia Woolf dice en ese libro
esta frase tan famosa:

Para escribir novelas,
una mujer debe tener dinero
y una habitación propia.

Virginia Wolf era una escritora
que vivió hace 100 años.
Su libro trata sobre por qué
las mujeres escribían menos libros
que los hombres.

Para que las mujeres
escriban más libros,
ella decía que las mujeres
deben tener su propio dinero.

La mayoría de las mujeres
eran pobres. Y las personas pobres
tienen menos oportunidades
de escribir libros.

Las mujeres también deben
tener una habitación propia.
Se refiere a que muchas mujeres
dedican su tiempo a cuidar
a otras personas.
No tienen el tiempo tiempo
ni el espacio necesarios
para poder escribir libros.

En resumen,
lo que quería decir Virginia Wolf
era que las mujeres deben tener
las condiciones necesarias
para poder escribir libros.

¿Qué relación tiene con las personas con discapacidad intelectual?

Se me ocurre que algo parecido
podemos decir de las personas
con discapacidad intelectual.

Piensa no solo en que puedan
escribir libros, sino tener
sus proyectos de vida:
trabajar, tener familia o viajar,
por ejemplo.

Para eso, necesitan 2 cosas:

  • Una vivienda propia.
  • El dinero suficiente.

Pero muchas personas
con discapacidad intelectual
no tienen ninguna de las 2 cosas:

  • Viven toda la vida en residencias
    o en casa de sus familias.
  • Su dinero lo controlan
    otras personas.

Estas ideas me recuerdan
a varios proyectos que hacemos
en Plena inclusión:

  • Mi casa. Es el proyecto
    para que las personas vivan
    en viviendas en barrios
    y pueblos como el resto de personas.
  • Acceso a la justicia.
    Es el proyecto que la luchado
    para que no se pueda quitar el derecho
    a las personas con discapacidad
    a tomar sus propias decisiones.

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Hace unas semanas, dos ideas conectaron en mi mente: el título del proyecto “Mi Casa” de Plena inclusión y las famosas charlas tituladas “Una habitación propia” de Virginia Woolf, que yo había visto representadas en teatro y tenía en casa en una preciosa edición en papel. Aún así, en otra curiosa conexión, empecé tanteando el audiolibro mientras paseaba por el barrio. Woolf también pasea en su libro, y describe su camino, mientras sus pensamientos se suceden.

Acomodándome los auriculares tras salir del portal, recordé que la premisa de Woolf es sencilla: para escribir libros, las mujeres necesitan un espacio propio -tranquilidad, tiempo, intimidad- y dinero en propiedad (concretamente 500 libras anuales, al parecer). Esto podría chocar ante exigencias elitistas pues, probablemente, otras personas habrían apuntado primero educación, nivel intelectual, calidad artística y otros dones. Lo que Virginia Woolf deja claro es que eso existe en muchas mujeres, el problema son las condiciones de la vida de la mayoría.

Giré por el callejón para cruzar el parque y escalar la pendiente bordeando los charcos de la lluvia reciente. Pensaba que yo, por ejemplo, dedico mucho tiempo a pasear, leer, a veces escribir. Esto muchas otras mujeres, también en la actualidad, no lo pueden hacer debido a la cantidad de tareas que afrontan entre cuidados y trabajo. El libro de Woolf tiene 93 años y sigue siendo actual, claro está.

Pero ¿cómo relacionar todo aquello con las personas con discapacidad intelectual? Me pregunté, desde la parte alta de la escalera, revisando las vistas de los tejados que brillaban. Lo más obvio era el título: muchas personas con discapacidad no tienen habitación propia, no viven en pisos o casas, sino en residencias o en las casas de sus familias, sin opción. Woolf habla incluso de la necesidad de contar con pestillo en la habitación. Curioso: muchas personas con discapacidad denuncian la falta de privacidad que sufren.

Las 500 libras las podemos conectar con aún más realidades: la pobreza; solo el 17% de las personas con discapacidad intelectual tiene trabajo; la incapacitación que ha hecho durante décadas (siglos) que otras personas decidan sobre su dinero (y vida); y de ahí conectaba con iniciativas como los apoyos autodirigidos, que proponen que sean las propias personas con discapacidad intelectual las que decidan dónde van el dinero y las ayudas (¡las 500 libras!) que se les destina.

ilustración mujer escribir escribiendo

Dejaría claro que no estoy diciendo que es necesario que todas las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo ahora deban señalarse como objetivo escribir novelas, ensayos o poemas. (Aunque quizá pronto nos llevemos una sorpresa.) Pensad en escribir libros como en tener una vida elegida, positiva y posible, que puede ser desde vivir rodeada de amistades y refrescos en una terraza o trabajar defendiendo medidas económicas en el Congreso.

“De los dos -el voto y el dinero- me ha parecido mucho más importante el dinero”, escuché de pronto la voz de Rosa Romay, la locutora del audiolibro. Ahí también hubo otra chispa rápida: si en 2019 fue fundamental la recuperación del derecho al voto de cien mil personas incapacitadas, en donde tuvo mucho que ver la campaña Mi voto cuenta, sería aún más transformador lograr que cada vez más personas puedan ganar y decidir sobre su dinero.

El siguiente párrafo me recuerda a la educación inclusiva, pero también a la personalización que tantas y tantos reivindican:

Aquí estoy preguntándome por qué las mujeres no hicieron versos en la época isabelina, y ni siquiera sé si las educaban; si les enseñaban a escribir; si tenían sus salas propias; cuántas mujeres tenían hijos antes de los veintiún años; qué hacían desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Es evidente que no tenían dinero, se las casaba sin consultarlas.

Habla de la educación, pero también habla del desconocimiento de la realidad de las mujeres. No se les conocía. Y, ahora, solo un poco más.

La situación es aún más hiriente si miramos a la discapacidad intelectual. Se les conoce mucho menos y se les ofrece apoyos y ayudas por categorías, en grupo, como si fueran iguales, en lugar de pensar en las necesidades y las preferencias de cada cual.

ilustración mujer cama tv televisión viendo

Tras el cruce, disparo una foto. Me pregunto si grabar un pequeño vídeo. Y aquí descubrimos otro poder: el de controlar el discurso sobre tu vida. Woolf avanza así también:

Supongamos que un padre, impulsado por los motivos más elevados, no quería que su hija abandonara el hogar para ser escritora, pintora o estudiantes: (…) «Lo fundamental en las mujeres es que las mantienen los hombres y que ellas les sirven». Había una enorme masa de opinión masculina de que nada podía esperarse de las mujeres intelectualmente.

Pienso en la sobreprotección y, en general, en la imagen distorsionada que existe (dentro de la escasa imagen que existe) de las personas con discapacidad intelectual.

La mujer carecía de todo estímulo si quería ser artista. Al contrario, la desairaban, la pegaban, la sermoneaban y la exhortaban. La necesidad de hacer frente a esto y de refutar aquello, tienen que haber torcido su mente y disminuido su vitalidad.

Resulta que las mujeres no solo necesitaban quizá 500 libras y una habitación propia, sino la fuerza de voluntad para luchar contra una sociedad que les decía que no podían ser escritoras, compositoras, pintoras. Puede que también muchas personas con discapacidad necesiten una gran cantidad de ánimo para afrontar tanta barrera:

Se hubiera precisado una muchacha muy animosa en 1828 para desoír todos esos desaires, y reprimendas y promesas de recompensa. Era preciso ser bastante revolucionaria para decirse: ¡Ah!, pero no van a comprar la literatura. La literatura debe estar abierta para todos.

Me paro ante el muro de grafitis, hay novedades. Son como una especie de revista de arte que puedes visitar en la calle. Y una nueva conexión me asalta: “Casadas contra su voluntad, encerradas en un cuarto, y con una sola tarea, ¿cómo podría el dramaturgo hacer de ellas una semblanza completa o interesante?”. Ahí estaba: ¿por qué los medios de comunicación no reflejan casi historias de personas con discapacidad intelectual?, ¿no las encuentran interesantes?, ¿quizá eso se debe a la falta de oportunidades que no les permite tener vidas más atractivas?, ¿o porque su vida no tiene que ver con el relato predominante de los goles en Qatar o bombardeo en Jersón?

Woolf lo resumía en una frase aplicable también a la realidad y la historia de muchas otras personas: “acumulación de vidas ignoradas”.

ilustración mujer leyendo leer libro sofá sillón cama

La siguiente idea me recordó a genios y magnates como Steve Jobs y -más recientemente- Elon Musk que tienden a minusvalorar las condiciones de trabajo para venerar el talento, la dedicación extrema, la vocación. Y, con eso, se puede todo. También me recuerda a los pasajes de los libros de historia en los que se romantizaba a artistas que, en época de guerra o pobreza, fueron capaces de dar a luz o parir grandes obras:

El poeta pobre tiene menos posibilidades. (…) La independencia intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres han sido siempre pobres. Las mujeres han tenido menos libertad intelectual que los esclavos atenienses. Las mujeres, por consiguiente, no han tenido la menor oportunidad de escribir poesía. He insistido tanto por eso en la necesidad de tener dinero y un cuarto propio.

En resumen, puede que existan figuras que se sobreponen a ciertas situaciones, pero la realidad es que la mayoría de artistas normalmente son personas con educación, recursos y -en general- oportunidades. Así bien, también hay algunas personas con discapacidad intelectual que destacan porque han llegado a la universidad, porque escriben, porque se dedican a la política. Pero son pocas y, el resto, no han tenido las suficientes oportunidades.

Accedo a la Dehesa de la Villa y me cruzo personas mayores que ríen y charlan disfrutando de la brisa y los últimos rayos de sol de la tarde. Las admiro por eso. Las personas de las que aprendes, o más bien la falta de ellas, también son un problema, otras 500 libras:

Imposible ir al mapa y decir que Colón descubrió América y que Colón era una mujer; o tomar una manzana y observar: Newton descubrió las leyes de la gravitación y Newton era una mujer (…) No hay una marca en la pared para medir la precisa estatura de las mujeres.

Me consuela -eso sí- conocer a cada vez más personas con discapacidad intelectual que pueden ser modelo, referente, para otras. Que tienen su arte, su familia, sus viajes, su activismo, su trabajo, o sus caminatas por el monte. Sus decisiones y su vida. ¿Sabrán lo que pueden estar significando para tantas otras?, me sonrío, un tanto emocionada por la idea.

Una punzada, que ha estado ahí todo el paseo, me vuelve. ¿No estoy yo asumiendo con estas palabras un lugar donde ellas deberían hablar? ¿No estoy ocupando su habitación? Intento verme como una especie de moco de John Stuart Mill, ese filósofo del siglo XIX que defendió la igualdad entre sexos, un aliado. La idea del moco me divierte (soy una aliada pegajosa) y permite seguir, aunque ya he pisado mucho barro.

Recorro El Canalillo y decido atajar para la vuelta. Me encaramo al cerro de los locos y contemplo el horizonte, satisfecha por la vista del paisaje, pero también por el horizonte con el que acaba Woolf:

Pueden decir que no he expresado la menor opinión sobre los méritos comparativos de los sexos, aun como escritores. Esto ha sido a propósito, pues, aunque el momento de semejante valoración hubiera llegado, y por ahora es más importante saber cuánto dinero tenían las mujeres y cuántos cuartos, que teorizar sobre sus capacidades, aunque el momento hubiera llegado, no creo que las dotes de inteligencia o de carácter pudieran pesarse como el azúcar y la manteca, ni aun en Cambridge, donde son tan amigos de clasificar a las personas y de ponerles gorros en la cabeza y letras mayúsculas después de los nombres.

Me encanta que no haya tenido ninguna intención de comparar a mujeres y hombres y que apague de ese modo la iniciativa de cualquier intento. Es algo que podemos relacionar también con la discapacidad: cada vez estamos más cansadas de gradaciones, de clasificaciones de discapacidades. La vida no se puede pesar como el azúcar o la manteca.

También disfruto con la idea de que hay paredes creativas y creadoras: “Porque las mujeres han estado sentadas ahí dentro, todos esos millones de años. Ahora las paredes están impregnadas de su fuerza creadora”. Igualmente quiero conocer más las paredes creativas y creadoras de las personas con discapacidad intelectual.

ilustración mujer leyendo leer libro sofá sillón

“Sería una pena que las mujeres escribieran como los hombres”, bromea Woolf con tanta razón. Y recuerdo cuando hace años asistí por primera vez a espectáculos de danza y de teatro de personas con discapacidad intelectual y pude aprender algo que me marcaría: había compañías que no intentaban que artistas con discapacidad imitaran a artistas sin discapacidad, sino generar arte con sus movimientos, su forma de ser y estar. Habían descubierto un nuevo lenguaje, del que veo ejemplos también bien recientes.

Saturada de conexiones, pausé la grabación y encaré la vuelta a casa para subrayar en la edición en papel del libro todas aquellas frases que quería rescatar para formar un artículo. Y me pregunté qué nuevas conexiones podría provocar Virginia Woolf dentro de 3 o 93 años.

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Olga Berrios

Equipo de comunicación

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